12/02/2018

La química del amor

¿Por qué nos enamoramos de una determinada persona y no de otra?

 ¿Qué le pasa a la química de nuestros sistemas y tejidos cuando nos ocurre algo, tan sencillo como maravilloso, que suele sucedernos a todos alguna vez en la vida:  ¡Enamorarnos!

 La química del amor es una expresión acertada para intentar explicar, desde el punto de vista biológico, las reacciones químicas que subyacen y motivan el mundo de sensaciones que se desencadena en nuestro cuerpo cuando nos enamoramos.

¿Qué pasa pues cuando encontramos a la persona deseada?Pues que se dispara una señal de alarma en nuestro cuerpo, entrando nuestro organismo en ebullición. De acuerdo con algunos investigadores, el amor equivale a una sobredosis hormonal, que es la que dispara las reacciones visibles y las sensaciones percibidas. A través del sistema nervioso, el hipotálamo – una glándula pequeñita en la base del cerebro – envía mensajes a diferentes sistemas del cuerpo, ordenando a las glándulas suprarrenales que aumenten inmediatamente la producción de adrenalina y noradrenalina – compuestos transmisores que comunican entre sí a las células nerviosas y a éstas con otros órganos-.

La adrenalina incrementa la presión sanguínea, acelera el ritmo cardíaco (130 pulsaciones por minuto) y hace que respiremos más pesadamente. La alta presión sanguínea provoca el síntoma de las palmas sudorosas y de los rubores de las primeras etapas del enamoramiento. La respiración más profunda lleva a oxigenar más el cuerpo, dándole más energía y provocando a veces una “sobredosis de oxígeno”, uno de esos momentos donde nos sentimos flotar ¿O era eso lo que llamábamos estar enamorados?

La existencia elevada de noradrenalina en el cuerpo provoca excitación sexual y una elevación del humor y hace que nos sintamos seguros y a gusto cuando compartimos momentos con la persona que consideramos especial.

El deseo sexual responde, primordialmente, a la testosterona, la hormona “masculina”. Esta hormona es de vital importancia tanto en los hombres como en las mujeres, pues los niveles altos de esta hormona van de la mano con la pulsión sexual. El cuerpo produce testosterona si nuestra mente conecta con la de otro en la sintonía del amor.

Los padecimientos y goces del amor se esconden, irónicamente, en esa ingente telaraña de nudos y filamentos que llamamos sistema nervioso autónomo. En ese sistema, todo es impulso y oleaje químico. Aquí se asientan los orígenes de un montón de emociones: el miedo, el orgullo, los celos, el ardor y, por supuesto, el enamoramiento.

El verdadero enamoramiento parece ser que sobreviene cuando se produce en el cerebro una molécula orgánica, la Fenil-Etil-Amina (FEA). La producción de feniletilamina en el cerebro puede ser disparada por cosas tan básicas como una profunda mirada a los ojos o un simple rozar de manos. Las sensaciones más embriagadoras, al igual que el rubor, la transpiración excesiva en la palma de las manos, el pulso acelerado y la respiración agitada, son explicadas clínicamente como un caso de sobredosis de FEA.

La secreción de FEA inicia una cadena de reacciones en el cerebro. El efecto primario de la FEA es estimular la secreción de dopamina, un compuesto neurotransmisor que tiene el efecto de hacernos sentir bien, relajados, y es el responsable de los mecanismos de refuerzo del cerebro.

Los investigadores han agrupado las sensaciones de la relación amorosa en tres etapas: deseo, atracción y afecto; y en todas ellas intervienen factores químicos de manera muy decisiva, aunque no queramos excluir a la magia del amor. La dopamina afecta a los procesos cerebrales que controlan el movimiento, la respuesta emocional y la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer. La secreción de dopamina, estimulada por la FEA, induce un proceso de aprendizaje positivo en el cerebro, que es el responsable último de transformar lo que era un simple deseo con fines sexuales en algo mucho más profundo, la atracción mutua.

Ama si quieres influir

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La oxitocina: “la hormona de los mimos”.

Esta hormona, además de estimular las contracciones uterinas para el parto y provocar la secreción de la leche para amamantar al bebé, parece ser un mensajero químico en el deseo sexual. Estos compuestos combinados hacen que los enamorados puedan permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando sin sensación alguna de cansancio o sueño. La oxitocina, entonces, puede ser la responsable del último estadio del amor: el nacimiento de los lazos afectivos en una pareja. Por otra parte, la oxitocina promueve las conductas maternales, que son la razón por la que nos mantenemos unidos a nuestra pareja después de que los signos de las primeras etapas del enamoramiento ya no sean tan evidentes. La oxitocina puede también inducir el sueño cuando se encuentra acompañada de otra hormona, la vasopresina. La elevada concentración de esta hormona tiene efectos no deseados, pues puede llegar a inhibir la actividad sexual, y esto es lo que sucede en los períodos en los que los hombres no pueden recobrar la excitación sexual, en buena medida debido a las grandes cantidades de oxitocina que ingresan a su torrente sanguíneo.

Ésta también es conocida como la “hormona monogámica”, debido a que se encuentra en grandes cantidades en todos los animales de comportamiento monogámico. Quizás dentro de poco las compañías farmacéuticas nos brinden una nueva solución para los maridos o las esposas infieles: vasopresina en grageas. Cabe esperar que ni siquiera así se consiga disminuir o desencantar la magia del amor.

José Ramón Moreno Miranda

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